Hojas secas, tercer largometraje de Alexandre Koberidze, sigue a Irakli, un entrenador deportivo que emprende un recorrido por la Georgia rural después de que su hija Lisa, fotógrafa de deportes, se marcha sin dejar un itinerario preciso. La búsqueda atraviesa pueblos, caminos y antiguos campos de futbol en una película de 186 minutos producida entre Georgia y Alemania.
La historia parte de una ausencia familiar, pero pronto se transforma en una exploración de los paisajes, las memorias y los rastros de una afición futbolera que parece desaparecer. Irakli viaja acompañado por un amigo de Lisa y muestra su fotografía a personas de distintas comunidades, mientras intenta reconstruir el trayecto de la joven.
Una búsqueda entre estadios y caminos rurales
El recorrido conduce al protagonista de un estadio vacío a un campo demolido, y de pequeños pueblos a caseríos apartados donde alguna vez pudo existir una cancha. En el trayecto aparecen encuentros con habitantes, amigos del pasado, familiares olvidados y perros que acompañan el desplazamiento como figuras recurrentes del paisaje.
La película evita convertir la desaparición en un relato convencional de suspenso. La búsqueda avanza entre indicios incompletos, conversaciones y coincidencias que mantienen a Irakli en movimiento, aunque también lo llevan a reconocer la posible inutilidad de sus esfuerzos.
Una imagen de baja resolución como decisión estética
Koberidze filmó la obra con un antiguo teléfono Sony Ericsson. La imagen granulada y semiborrada modifica la percepción de los paisajes georgianos y crea una atmósfera suspendida entre la vigilia, el recuerdo y el sueño.
La textura visual también refuerza los temas de la película: la distancia, la memoria y la dificultad de fijar una realidad definitiva. Las líneas de los caminos, los árboles, las ventanas y las grietas del pavimento adquieren una presencia formal que acompaña el desplazamiento circular del protagonista.
El futbol ocupa un lugar central en esa propuesta. El título alude a una técnica desarrollada por el brasileño Didi a finales de la década de 1950, un disparo cuya trayectoria resulta difícil de anticipar, y funciona como una imagen del rumbo incierto que toman los personajes.
Del viaje a la aceptación de la ausencia
La narración cambia de tono cuando Irakli recibe noticias de que Lisa ha enviado sus fotografías. Después, una mujer le entrega una carta de la joven, quien confirma que estuvo en varios de los lugares visitados por su padre.
Al regresar a la ciudad, Irakli no parece concentrarse únicamente en la resolución de la búsqueda. Su atención permanece ligada a los animales, las personas y los lugares encontrados durante el trayecto, como si la experiencia hubiera desplazado la pregunta inicial hacia una forma distinta de observar el mundo.
Con una narración contemplativa, una imagen deliberadamente imperfecta y una relación constante entre cine y futbol, Hojas secas convierte la búsqueda de una hija en una reflexión sobre la distancia, el desprendimiento y las huellas que dejan los viajes.

